Extracto de la introducción
¿Por
qué la familia podría ser un problema escolar? Llegamos
a esta pregunta a través de la recurrente referencia por
parte de muchos docentes, para quienes es un tema difícil
y conflictivo.
La investigación que se desarrolla en la tesis que dio
origen a este libro surgió a partir de entrevistas y observaciones
de clases realizadas en escuelas del oeste de la ciudad de Buenos
Aires, para la materia Metodología y Técnicas de
la Investigación de Campo y para el Seminario de Antropología
Social “Antropología y Educación: la problemática
educativa en la Argentina desde un enfoque antropológico-social”.
Para trabajar la relación entre la familia y la escuela
en torno a la socialización escolar infantil, partimos
de la consideración de que la escuela y la familia son
dos instituciones básicas dentro de las que se desarrolla
la socialización de los niños (Neufeld, 2000). Tomamos
el concepto de que la socialización es “un proceso
continuo en el que el o los individuos aprehenden, aprenden y
transmiten aspectos sustantivos, significativos y simbólicos
del mundo social que los involucra en un espacio (puede ser un
niño socializado en un barrio de clase alta o un niño
cuya familia está inmersa en la más extrema pobreza)
y un tiempo específicos (político, social, cultural,
histórico)” (Lezcano, 1999). En este proceso, la
agencia humana tiene un carácter activo y transformador;
los sujetos se “apropian” de “diversos conocimientos,
valores, formas de vivir y de sobrevivir”, sin que haya
una reproducción ni mecánica ni unidireccional de
aquellos (Rockwell, E., 1996). Conceptualizar la interacción
escolar como parte del proceso de socialización nos permite
abarcarla en toda su amplitud, sin circunscribirla a los contenidos
explícitos que se proponen trabajar en la escuela, y sin
excluir a priori a sujetos que no estén directamente ligados
con la tarea pedagógica, como por ejemplo, las familias.
La socialización infantil se ha dado fundamentalmente dentro
de estas dos instituciones –la familia y la escuela–,
a cuya luz deben leerse los conflictos, las luchas, las diferencias
y las convergencias entre ambas. La relación entre la familia
y la escuela, en realidad, es una relación entre padres
(o madres) y maestros: esta consideración permite dar cuenta
de la complejidad y la heterogeneidad de los procesos producidos
por estas relaciones (Neufeld, 2000).
Partiendo de lo anterior, podemos identificar la complejidad de
la relación entre estas dos instituciones desde los orígenes
mismos del sistema educativo. La escuela en la Argentina se constituyó
con el discurso del “segundo hogar”, al cual subyace
la idea de que la función escolar debía cumplirse
más allá de lo que sucediera en el hogar del alumno;
la escuela debería completar su formación, con o
sin la familia (Puiggrós, 1997). Es más, debía
ser la encargada principal de “normalizar” y “homogeneizar”
a una población sumamente heterogénea (compuesta
por inmigrantes de diferentes regiones del mundo, nativos, criollos,
etc.), construyendo un pretendido sentido unificado de identidad
nacional “argentina”. Pero esta relación con
las familias dista de ser armónica, y podemos ver cómo
en su desarrollo cotidiano contemporáneo esta relación
escuelas-familias se vuelve compleja, a veces contradictoria (Neufeld,
2000).
Pero, a pesar de la larga tradición de interacción
entre estas dos instituciones, cabría preguntarse por qué
en este contexto hablamos de las familias, si el trabajo se había
originado exclusivamente en una escuela. En el trabajo de campo
exploratorio, haciendo observaciones de clases y entrevistas en
las que se pedía a distintos maestros que caracterizaran
a sus alumnos y sus procesos de aprendizaje, aparecía la
apelación, en el discurso y en las prácticas de
dichos docentes, a la noción de “lo normal”
–haciendo referencia a lo esperable, a lo moralmente correcto–
con respecto a los niños y sus familias. Por contraparte,
aparecía “la diferencia”, establecida como
todos aquellos casos que no cumplen con las expectativas de “normalidad”.
A pesar de una supuesta independencia de las funciones de ambas
instituciones, se registraba la idea reiterada de que, ante la
ausencia de una familia “bien constituida”, la escuela
no puede cumplir con sus objetivos. La categoría de “hogar
bien constituido” era usada para referirse a la “familia
normal”, en oposición a familias donde conviven hijos
de distintos matrimonios, o mujeres con hombres que no son los
padres biológicos de sus hijos, etcétera. Entonces
surge la pregunta: ¿por qué, si la escuela como
institución tiene una función específica
cuyo logro estaría más allá de la familia,
ante casos de fracaso o dificultad con ciertos niños, la
constitución familiar parece explicar o justificar los
problemas escolares?
El objetivo principal consistió, por lo tanto, en conocer
el proceso a través del cual los docentes se representan
/ construyen a sus alumnos, atendiendo a la relación compleja
que se articula entre la escuela, el niño y la familia
en torno a la socialización escolar.
Este proceso se constituye a partir de un universo compuesto por
la totalidad de los alumnos, pero se vuelve particularmente visible
(y en tanto tal, clave para estudiar) en el caso de los “chicos
problema” (en términos de los docentes, tanto “de
conducta” como “de aprendizaje”), ya que en
las entrevistas surgió en la mayoría de los casos
la relación con la familia del niño. En cambio,
aquellos chicos “sin problemas” no ameritaban mayores
comentarios por parte de los docentes, aunque las representaciones
subyacentes se estuvieran construyendo también sobre éstos,
y posiblemente en contraste y/o articulación con los primeros.
¿Qué es lo que se construye como “problema”;
cuáles de estos “problemas” son explicados
en función de la familia o independientemente de ésta;
cómo se relaciona lo antedicho con las representaciones
docentes de los modelos de familia y con las posibles resoluciones
que se plantean a dichos “problemas”?
Los docentes no manejan representaciones constantes o monolíticas
de “familias diferentes”, sino que las interpretan
contextual y contingentemente. A la vez, esos modelos de familia
parecerían tener un efecto en el proceso pedagógico.
En muchos casos, a pesar de los “problemas familiares”
de los alumnos, los docentes resaltaban los logros obtenidos en
el aprendizaje. Por lo tanto, ¿de qué depende, (o
en qué contextos se hace) una valoración positiva
del aprendizaje de los chicos, en qué situaciones se enuncia
como imposible, y por qué o de qué manera eso se
vincula con la caracterización y los modelos de familia
en cuestión?
Los objetivos principales que guiaron el trabajo han sido, primero,
analizar los modelos de “familia” identificables en
las representaciones de los docentes; segundo, estudiar la relación
que establecen los distintos agentes del sistema educativo (especialmente
los docentes) entre dichas representaciones y los resultados/problemas
de los niños en el proceso escolar y, tercero, relevar
las decisiones institucionales y prácticas en torno a la
resolución de dichos problemas. A través de lo anterior,
se intenta dar cuenta de los modelos de familia que los docentes
(así como otros actores del sistema escolar) están
pensando y definiendo; conocer qué lugar tiene en lo anterior
no sólo el ideal de familia que los docentes portan, sino
también la apelación a sus propias familias, tal
como sugieren las entrevistas realizadas; poner en cuestión
los conceptos de “normalidad” y “diferencia”
y, finalmente, ahondar en la relación que establecen los
docentes entre el niño y su familia, y la incidencia que
se le atribuye a dicha relación en el proceso de aprendizaje
y la conducta infantil.