Gestión de la educación técnica profesional
Formación de competencias profesionales.
Capacitación directiva para la formación de jóvenes autónomos

Raúl Gagliardi

 

Prólogo

A partir de una invitación de Daniel Kaplan surge este texto que sintetiza mis experiencias profesionales en varios países y en distintas instituciones internacionales (OIT, FAO, UNESCO, OMS, etc.), en las cuales trabajé en temas relacionados con la educación, el desarrollo social y económico, la formación de docentes y la formación de formadores y en el diseño curricular, además de realizar investigaciones sobre las concepciones de los alumnos, las dificultades de aprendizaje, la relación entre los estilos de enseñanza y los estilos de aprendizaje y los métodos de evaluación.
Durante esas actividades profesionales, aparecía siempre una pregunta importante: cómo se puede mejorar la formación profesional para lograr que los jóvenes desarrollen la capacidad de integrarse en el mercado de trabajo y la de organizar autónomamente otras actividades económicas. En Burkina Faso, en la República Democrática del Congo (Kinshasa), en Guinea Conakry, en Palestina, en Indonesia o en Senegal, en la mayoría de los 36 países en los cuales trabajé, aparecía un fenómeno que puede provocar graves problemas sociales: la inadecuación entre la oferta de trabajo y la oferta de empleo, la incapacidad de los sistemas de formación técnica profesional para lograr que los graduados tengan una formación que les permita, no sólo acceder a los empleos actuales, sino adecuarse a los futuros cambios en las empresas y en el mercado de trabajo.
El 27 de diciembre de 2003 recibí un llamado desde Italia, donde me ofrecían participar en un proyecto en China. Si aceptaba, partíamos el 2 de enero de 2004 para iniciar las actividades. Casi sin pensarlo acepté la propuesta. Había visitado China brevemente en 2000 y estaba fascinado por una de las culturas más viejas del mundo y por los grandes cambios que se estaban produciendo en los niveles social, económico y cultural. A partir de ese llamado, tuve la oportunidad de trabajar durante once meses como experto internacional en la ciudad de Chengdu, capital de la provincia de Sichuan, en un proyecto de la Cooperación Italiana destinado a la mejora de la educación técnica y profesional en China a través la formación de los directivos y profesores de seis escuelas profesionales y técnicas de la provincia. Los temas de enseñanza de esas escuelas eran variados: mecánica, cerámica industrial, cocina, hotelería, turismo, agencias de viaje, enfermería, medicina tradicional china, metalurgia, etcétera.

Mi trabajo consistía esencialmente en cuatro tareas:
1. Determinar qué conocimientos y qué competencias debían poseer los directivos para una correcta gestión de las escuelas y para adaptarlas a los cambios que imponían las transformaciones del mercado del empleo en China.
2. Determinar qué conocimientos y competencias debían tener los profesores de las distintas materias para poder dictar sus cursos, de acuerdo con esos nuevos requerimientos.
3. Determinar los conocimientos y las competencias que poseía cada uno de los miembros de la escuela.
4. Determinar qué debían aprender durante la formación de tres meses en Italia que les ofrecía el proyecto.

Durante ese período, estuve sumergido en una problemática muy interesante: cómo debían funcionar las escuelas técnicas y profesionales chinas para adaptarse a los grandes cambios que el sistema productivo les demandaba. Cómo podía lograrse que la masa de trabajadores y empleados chinos se adaptara a las nuevas condiciones de producción y a las nuevas técnicas que se estaban implementando en China. Todo eso significaba para mí cuáles son las competencias generales que un estudiante debe desarrollar, además de las que están señaladas en los perfiles profesionales.
Tuve allí la oportunidad de concentrar mi pensamiento en las relaciones entre el desarrollo económico, social y cultural chino con las nuevas competencias que debían desarrollar los trabajadores para adaptarse a las transformaciones que tenía el mercado de trabajo. También tuve oportunidad de analizar la implementación en las escuelas de la nueva legislación china sobre formación técnica y profesional, que indicaba claramente que se debían formar graduados que tuvieran las competencias requeridas por las empresas. La estrecha relación de las escuelas con las empresas era el leit motiv de la nueva legislación. Esto significaba también comprender cómo las escuelas profesionales mejoraban su relación con el mundo empresario y con la comunidad en general.
Estos temas eran un nuevo modo de abordar la solución de un problema que orientó mi actividad profesional científica y educacional desde el comienzo: cómo puede lograrse que los estudiantes se apropien de los conocimientos fundamentales y desarrollen las competencias necesarias para ser autónomos, solidarios y ser capaces de integrarse en el mundo del trabajo utilizando al máximo sus recursos personales. El tema del desarrollo de las competencias de los trabajadores chinos para adaptarse a los cambios de la producción era en realidad un caso particular del tema más general, el desarrollo de las competencias de un estudiante en una escuela profesional y técnica, o en una escuela normal, o en una universidad, o en cualquier institución de educación y de formación.
En el análisis del funcionamiento de las escuelas de Sichuan aparecía también un elemento que había encontrado durante toda mi práctica de formación de maestros y profesores: la gran importancia que tienen los directivos de una escuela en el funcionamiento de ésta y en el éxito de la formación. Esos directivos son los que orientan a los profesores, los que establecen el contacto con la sociedad, los que transmiten al personal de la escuela valores y un proyecto, una visión de las metas que deben lograrse a corto, mediano y largo plazo. Un buen director significa muchas veces una buena escuela. En los momentos de transformación de la educación, cuando se plantean nuevos desafíos, un buen director es fundamental para permitir no sólo que la escuela se transforme, sino para lograr que lo haga con el menor costo posible desde el punto de vista institucional y, sobre todo, desde el punto de vista humano, evitando las ansiedades que suelen tener los docentes cuando les cambian las reglas de juego.
Quiero agradecer a Daniel Kaplan, responsable de Ediciones Novedades Educativas, por la gran ayuda y el gran estímulo que me dio para escribir este libro. Podría decir que no lo hubiera escrito sin la conversación inicial que tuve con él, donde, luego de hablar sobre la importancia de la formación profesional en la Argentina, no sólo me estimuló para escribirlo, sino que me indicó el tipo de enfoque que podría ser útil para los posibles lectores del libro. Durante la escritura, el equipo de Novedades Educativas me fue sugiriendo cambios, añadidos, cortes y cambios de orden, que permitieron clarificar el texto y mejorarlo. Daniel no sólo tiene la capacidad de un editor, también tiene la visión de un conocedor experto de la educación en la Argentina y en Latinoamérica, capaz de definir qué es lo importante a decir, cuáles son los puntos prioritarios a desarrollar y cómo desarrollarlos.
He tratado de sintetizar todo eso en este libro, con la idea de transmitir experiencias positivas y aprender de los errores cometidos, y teniendo en cuenta que lo que se aprende siempre es mucho más que lo que se enseña, porque gris es la teoría, pero verde es el árbol de la vida.

Chengdu, Ginebra, Buenos Aires, Rosario

 

 



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