Prólogo
de Luis Fara
I
El propósito
que ha convocado a los autores y autoras en torno a este libro
es la reflexión sobre el lugar del juego en los encuentros
de un analista. En esta reflexión se manifiesta un diálogo
permanente entre la clínica y la teoría y, según
se nos advierte en las palabras introductorias, se intenta que
la lectura de este texto pueda ser de interés tanto para
los analistas como para aquellos que, aunque no practiquen el
psicoanálisis, se nutren de él.
Para alguien, como quien escribe estas líneas, con alguna
vinculación con la temática de la niñez desde
la perspectiva de las políticas sociales y de los derechos,
aun cuando en algunos tramos tenga la sensación de “quedarse
afuera”, la lectura de los trabajos que integran este volumen
ha sido sumamente provechosa.
El trabajo de Alicia Rozental, con una frecuente apelación
a textos de Felisberto Hernández, Juan José Saer,
Graciela Cabal, Eduardo Galeano, Rosa Montero, Graciela Montes
-entre otros-, establece una analogía muy sugerente entre
el juego y la narración. En una etapa de la vida denominada
con una palabra cuya etimología refiere a la incapacidad
de hablar, el juego del niño se constituye en un modo de
decir de su vida y de su padecer. Y, cuando hay dificultad para
que esto ocurra, y se produce la demanda de intervención,
lo importante es la capacidad del analista para contribuir a que
el chico despliegue su juego, dé lugar a que se juegue
lo que se tiene que jugar. Para ello, se requiere sostener el
misterio sin pretender develarlo prematuramente, sin otorgarle
sentidos apresurados, con la certeza de que, más allá
de resolver el enigma que encierra el juego de un niño,
el solo hecho de propiciar que se exprese, tiene una eficacia
en la cura.
Cecilia Illia, que se pregunta por la particularidad de los juegos
de los niños pobres, con un lenguaje que en muchos pasajes
resulta familiar para un sociólogo, pone en cuestión
una visión reduccionista. Afirma con claridad que la pobreza,
entendida como carencias materiales, puede constituir una determinación
para el sujeto, incluso con graves consecuencias, pero que no
es la única. Que, por ejemplo, la circunstancia de no contar
con juguetes no necesariamente impide el juego y, en algunas ocasiones,
incluso puede favorecer la invención de juguetes. No niega
la posibilidad de que en situaciones particulares el sujeto pueda
quedar aplastado por la ausencia de soportes facilitadores, pero
afirma que es mucho más probable que esto ocurra si no
cuenta con recursos simbólicos que le permitan mediatizarla
y, en consecuencia, termine siendo juguete en un juego que desconoce.
Esta idea aparece como un eje central en el trabajo De juguete
a jugador, que resulta sumamente claro en la afirmación
de que estos juegos (que, al decir de Silvia Peaguda, tienen la
particularidad de albergar a los personajes que son representados
por el niño, pero que a su vez lo representan a él)
permiten poner en escena una ficción en la que el sujeto
puede representarse y, mediante este procedimiento, arrancarse
del acontecimiento traumático.
Este texto de Raquel Gerber también da cuenta de que hay
situaciones en las que el niño es puesto en el lugar de
objeto y, si no logra constituirse en un jugador, queda atrapado
como juguete y que sólo jugando se entra a la vida y se
pasa de juguete a jugador.
Cristina Beiga, que cuenta cómo el consultorio le permite
a un analista ser testigo de muchos casos de “arrasamiento
subjetivo”, también comparte este concepto central,
aunque la idea de que el lenguaje es el juego que jugamos me resultó
muy sugerente. En una parte del texto dice: “la historia
de un sujeto no es el pasado en el sentido de la sumatoria de
todos los sucesos acontecidos la historia se construye (…)
con restos y fragmentos de lo oído y lo visto que armarán
la urdimbre propia de la realidad psíquica de cada uno”.
Para entender la constitución de la realidad psíquica,
tal como desarrolló el psicoanálisis, es fundamental
la referencia a la estructural parental, a las marcas de filiación
y en esto cuenta el peso de las tres generaciones.
Tanto el artículo de Rubén Flores como el de Silvia
Peaguda fijan su atención en la trama que se teje en el
interior del consultorio y dan cuenta del proceso clínico
desde el inicio hasta el fin. Del camino que se transita desde
las entrevistas silvestres (que ponen de manifiesto los puntos
de anclaje del niño en la sintomática familiar,
la fijación a los deseos y fantasmas paternos de este hijo,
el sentido y valor económico del síntoma en la verdad
de la pareja, su lugar, en la estructura) hasta el final de juego
(transferencial) que, en realidad, paradojalmente, aparece como
el punto de apertura para el juego con pares.
II
La lectura
de estos textos en una perspectiva que, como se dijo, no es la
del psicoanálisis, despierta asociaciones y vinculaciones,
algunas de las cuales se intentará compartir.
El XX fue por muchos considerado como el siglo de los niños.
Un siglo que, al decir de quien por años fue directora
ejecutiva del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Carol
Bellamy, comenzó prácticamente sin ningún
derecho para los niños, terminó con los niños
en posesión de un instrumento que no solamente reconoce
sus derechos sino que los protege.
Aunque, debemos admitir, hay muchísimos jugadores fuera
de área que no tienen lugar en una dimensión material,
que no es menor, pero también en una dimensión simbólica.
Para muchos niños y niñas, es una realidad cotidiana
la que describe con tanta sensibilidad Miguel Hernández
en su poema Niño Yuntero: Carne de yugo ha nacido,/ más
humillado que bello/ con el cuello perseguido/ por el yugo para
el cuello. (…) Empieza a sentir, y siente/ la vida como
una guerra,/ y a dar fatigosamente/ en los huesos de la tierra.
Aun cuando se quiere enfrentar esta realidad, algunos de los instrumentos
(normas, políticas, programas) pretendidamente pensados
en favor de los niños y niñas, si se los analiza
con detenimiento, permiten ver que los supuestos sobre los que
se asientan, el ideal al que aspiran, no necesariamente tienen
en cuenta la subjetividad. Es cierto que, por tomar un ejemplo
extremo, el hambre, la desnutrición o la mortalidad infantil
son intolerables, pero no sólo de pan vive el hombre…
Vivimos en sociedades en las que, paradojalmente en relación
con lo que postula la Convención Internacional sobre los
Derechos del Niño y los compromisos que los estados han
asumido al suscribirla, los niños tienen cada vez menos
lugar y, también, menos incentivos para crecer en su capacidad
de jugar, de crear, de desplegar sus potencialidades. Los lugares
materiales que la mayoría de las ciudades prevén
para los niños son escasos, la calle es un lugar cada vez
más peligroso, los niños son constreñidos
cada vez más al ámbito privado y, en muchos casos,
están destinados a la soledad en compañía
del televisor o de la computadora.
Los juguetes son (o deberían ser) instrumentos para jugar
y resultan mejores cuanto más incitan al juego. En este
sentido, como dice Francesco Tonucci, no hay juguete como la arcilla,
porque no es nada y puede convertirse en todo. En ese paso de
la nada al todo consiste, precisamente, el juego. Jugar no es
meramente utilizar juguetes, es sobre todo poder inventar y construir,
poder armar una ficción.
Antes de la hegemonía del “plástico”
o de otros materiales sintéticos, y ni qué hablar
de la virtualidad que ha posibilitado la informática, los
juguetes se fabricaban con arcilla, trapos, papel, trozos de madera,
cañas; los niños y niñas fabricaban sus propios
juguetes.
Hoy los juguetes se compran y, como todo lo que se compra, cuanto
mayor es su precio parecen valer más. No siempre se logra
saber, como supo aquel Serrat del Soneto a mamá, “que
lo sencillo no es lo necio, que no hay que confundir valor y precio
y que un manjar puede ser cualquier bocado si el horizonte es
luz y el rumbo un beso”.
Los adultos no siempre tenemos en el centro de nuestra atención
la necesidad de jugar de los niños o niñas. Como
dice Francesco Tonucci, los adultos, en ocasiones, pretendemos
hacernos perdonar una ausencia, o la poca atención, comprando
juguetes u otros regalos. Lejos de incentivar el juego, privilegiamos
la posesión, la propiedad de un juguete. No se trata de
desdeñar la capacidad de poseer, cuya ausencia también
puede ser una evidencia de dificultades emocionales, sólo
se quiere poner de manifiesto el impacto de ciertos valores culturales
sobre la subjetividad de los chicos.
Marcar la importancia de la subjetividad de los niños y
niñas, el rol de la estructura parental en su constitución,
la centralidad del juego en la infancia -incluso cuando, en su
ausencia, aparece como una evidencia de una subjetividad aplastada
que demanda atención- y poner de manifiesto, reiteradamente,
la potencialidad narrativa del juego cuando hay un adulto con
disposición de escucha; son, para alguien que sólo
se nutre del psicoanálisis desde el borde, las principales
enseñanzas de este libro.
Luis
Fara