Prólogo por Ricardo Rodulfo
Ambigua condición la del prólogo, tan al principio y tan al final. Sobre todo cuando el que lo hace no está en la posición del autor, no lo es, pero tampoco en la del lector corriente. Es una suerte de “primer lector”, con la responsabilidad de cuidar y no arruinar la lectura de los demás. ¿Hay quien lo pensaría como un “representante”, un “delegado” de todos los lectores posibles? Pero, al igual que cualquier otro “todo”, aquel de los “lectores posibles” es abierto por definición, lo cual malogra cualquier pretensión de representatividad en el sentido más o menos clásico. No hay, parece, un lugar cómodo para el que prologa. Y encima de todo, es preciso que sea discreto, no invada el espacio protagónico del texto que precede: apenas unos subrayados, y un desvanecimiento. Su tiempo es corto, además de entrar a destiempo, cuando el libro no ha empezado, cuando nadie ha empezado a leerlo aún.
Es en esta anacronía que quiero detenerme: el prólogo no puede ser escrito junto con lo que viene a prologar ni al principio, inauguración de una secuencia, tal como viene a figurar, un antes escrito después.1 Es posible elegir, su firmante, entre una modalidad enunciativa que borra las huellas del libro en el prólogo, adoptando un tono académico que procura un efecto de neutralidad, un compromiso sólo intelectual, una posición de sobriedad descriptiva, o dejar resonar en él el impacto del libro, impregnarse del perfume de lo que se leyó, la implicación subjetiva del prologador que sabe hacer que el texto se prolongue en lo que él escribe. Esta segunda opción es la más acorde con la manera psicoanalítica de pensar.
Después de Derrida, nos es más fácil precisar el estatuto del prólogo en términos de suplemento (posición que se arruina cuando se dedica a la vana redundancia –jibarística, por demás– de resumir el libro, como esos avances demasiado detallados que nos cuentan la película. En tanto suplemento, le tocan funciones bien prácticas: acomodar al lector en lo que va a leer, tejer un cierto contexto, acompañar la soledad del texto, ayudar al despliegue de la intertextualidad que es el medio de aquel, lo que le provee aire, dar la bienvenida, trompetería de la obertura que anuncia lo que está por aparecer.
E introducir otros lectores posibles, liberar al prologado del encierro de lo “especializado”. En el caso de este caso, el de lo que firma Mario Waserman, éste no es un puño secundario.
Prólogo en acción
Antes que nada, antes -sobre todo- que lo de “psicoanálisis”, éste es verdaderamente un libro, más allá de la factura de su composición. No es algo que solamente viene en formato de tal (lo que tantas veces sucede y, en el caso del psicoanálisis, demasiado). Esto quiere decir, no depende del eventual deseo de Mario Waserman -como diría Lacan- “yo también quiero publicar un libro”. Esto es: ha cobrado vida propia, es posible disfrutar su lectura en el plano del pasatiempo, olvidándose del “tema”, del “contenido”; si uno se interna en él, hay aventura, curvas inesperadas, se lee lo que no se preveía leer. Esto aunque uno empiece a leer un capítulo que en sus primeros despliegues parece remitirse a lo bien conocido; se sigue y llega la página nueva, la senda no transitada, se quiebra lo que hubiera podido ser una secuencia socorrida. Tiene entonces todo-eso-lo-primero que se le exige a un libro, algo difícil de poner en palabras porque hace a su música: ritmos, toques que vuelven atractiva una melodía que pudo sonar convencional, “eso” que late, que funciona. Dicho de otra manera, está escrito desde lo que Mario Waserman llama vértice psicoanalítico (lo que por mi parte nombro como actitud psicoanalítica) que no es lo mismo que, desde tal o cual teoría, el psicoanálisis como manera de pensar. Esto se aprecia fácilmente en el hecho de que el paisaje del libro no está saturado de jerga técnica o conceptual, no se pone el piloto automático de un sistema teórico para disimular la indigencia de ideas propias. Clara filiación en Theodor Reik y en Winnicott, sea Mario Waserman consciente o no de ella. En consecuencia –si bien no es del género de la divulgación, si bien aborda puntos bien específicos de la práctica psicoanalítica– está abierto a todo el que trabaje en ciencias humanas, muy en particular al del campo de la educación. No necesita terminología establecida y cristalizada para pensar lo complejo.
(Otro matiz raro se lo da el que no suena como opera prima; no tendría que ser el primer libro de Mario Waserman –quien, tiempo ha, había frecuentado el cuento-2 y éste es también un libro de cuentos cortos.) Exceso de pudor del autor que tanto desearíamos para tantos otros “autores” de libros de psicoanálisis que sólo son libros de psicoanálisis. Punto éste: el que aquí introducimos no es un libro de psicoanálisis, es un libro que piensa con el psicoanálisis, y echando mano a otros pensamientos, por lo demás. No es un texto cerrado en torno a un vocabulario estereotipado, no tiene fronteras precisas, ni entre las distintas corrientes psicoanalíticas, ni con respecto a otros discursos y disciplinas.
Ejemplo: apenas echado a andar, en una introducción que introduce la función capital del jugar en la subjetividad humana, un gesto de sencillez digna de Winnicott, propone una articulación inmanente jugar-ser. La sola aparición de este término disipa la amenaza de que lo lúdico quede administrado por alguna de las –metafísicas– metapsicologías psicoanalíticas, lo libera de una servidumbre teórica para ponerlo en relación con lo más interrogativo, si tenemos en cuenta que, a partir de Nietzsche y de Heidegger, la cuestión del ser quedó liberada de cualquier sistematización ontológica totalizadora y clasificatoria. Ni hablar de lo lejos que esto nos lleva de la “técnica” del juego subordinada a la palabra y a una “simbólica” trascendental.
Y esto aunque no siempre Mario Waserman asume claramente cuanto su posición se distancia de lo que venimos deconstruyendo como psicoanálisis tradicional,3 y puede incluso invocar retóricamente “el genio de Freud” como si el motivo del “genio” pudiera explicar algo.
Mario Waserman pertenece a esa generación que comenzó a asomar en la segunda mitad de los sesenta. Co-autor, junto con nada menos que Marité Cena y Marilú Pelento, de ese inolvidable trabajo Niños de difícil diagnóstico, ponía de relieve las impasses de toda psicopatología en cuanto a su pretensión totalizadora. Formado muy rigurosamente en la teoría kleiniana justo cuando la irrupción en nuestro medio de la obra de Lacan iba a desarticular su hegemonía y la de un “freudismo” más bien conservador. Como algunos otros, aprovechó esas transiciones y convulsiones (crisis de la A.P.A. en 1970) –fuera esa su “intención” o no– para irse forjando una posición pluralista e independiente, renuente al dogmatismo de una “línea” teórica. El límite en muchos de estos casos ha sido contentarse con la ganancia –que no es poca– de ese pluralismo; hace falta un paso más. Silenciosamente –desde su lugar de conducción en el grupo Referencia Buenos Aires (y aquí era bien consciente la sustitución de Londres o París)– fue sobrepasando el simple pluralismo teórico aproximándose a Derrida, a Deleuze, a Lewkowicz, así como a producciones psicoanalíticas independientes, como la de quien firma este prólogo.
Hay que apreciar hasta qué punto el texto de Waserman se aparta del psicoanálisis de niños como psicoanálisis aplicado, al que se le aplica una u otra doctrina establecida en la práctica con pacientes adultos. Eso hace al lugar prioritario de cuanto se refiere al juego y al jugar a lo largo del libro… incluyendo sus enfermares. No hay mejor punto de partida para una (re)consideración de la subjetividad humana en su emergencia y re emergencia: los niños –los bebés– “saben” jugar, sin necesidad de un adulto que se los “enseñe”, incluso saben arrastrar a la Otra o al Otro a jugar.
El movimiento del libro sigue también los de un desplazamiento evidente en la clínica –frecuencia de consultas– para quienes venimos en ella desde hace cuarenta y tantos años: la solicitación cada vez mayor –personal, familiar, escolar– de ayuda e intervención psicoanalítica para todo lo que confusamente se agrupa como “trastornos de aprendizaje”, campo del cual en otro tiempo el psicoanálisis se autoexcluía, particularmente en lo que concierne a reflexión y trabajo de conceptualización. En niños y adolescentes, es un “síntoma” de “nuestro tiempo”, “casualmente” sincrónico con la irrupción de una nueva escritura –imagen digital, dispositivos tele-tecno-mediáticos, intensificación inédita de un espacio virtual de no presencia-, algo sabemos indisociable de radicales mutaciones subjetivas, según ya quedara demostrado por los efectos de la escritura fonética y de la imprenta.
Y aquí nuevamente el libro. El libro consigue en muchas de sus páginas hacernos olvidar de qué disciplina se trata, psicopedagogía, psicología evolutiva, psicoanálisis… Hay alguien pensando con esos y otros recursos y referencias. Abundan las operaciones silenciosas, no proclamadas (con riesgo de equívocos): por ejemplo, la ruptura con el paradigma monádico de la filosofía y la psicología “individual”, que ingresó tranquilamente al psicoanálisis a través de Freud y culminó en el endocentrismo idealista de Melanie Klein. En cambio, Mario Waserman trabaja siempre en el ámbito del entre gestado en la generación que tuvo en Winnicott y en Lacan sus cabezas más a la vista.
Saliendo del Prólogo
Si uno lo quisiera, el capítulo VI, “El niño, hoy”, es un caso testigo de este otro psicoanálisis por el que hoy trabajamos, más allá de las consignas mediáticas sobre “el tercer milenio”, que naturalizan, no sin necedad, convenciones cronológicas.
El capítulo bien podría llamarse “El psicoanálisis (de niños), hoy”, “El psicoanálisis nuevamente, hoy”, inclusive. El examen de la situación subjetiva –en lo mítico, lo histórico, lo político, lo institucional, lo familiar, imaginarizante-imaginarizado– del niño que aquí se despliega no se podría concebir en los tiempos, digamos, de Arminda Aberastury, pero tampoco en los tiempos atemporales –“estructuralistas” o no– del psicoanálisis de costumbre, donde toda la escena gira en la órbita “del Edipo” (o del narcisismo y del Edipo) y se pretende y presupone que toda aquella conmoción “social”, “tecnológica”, etc., daría apenas una colocación periférica a la subjetividad, ajena en lo esencial a un inconsciente “descentrado” de la consciencia y del Yo, pero bien centrado en el orden familiar, ora más empirista, ora “estructural”, vale decir, trascendental.
Nada de esto gobierna aquí. El cuidado con que se inventarian acontecimientos de mudanza se acompasa con una hipótesis implícita de que todo eso afecta e impregna lo que rutinariamente se llama “lo inconsciente”, no corresponde a un “secundario”, el clásico círculo concéntrico contorneando un “primario” familiar. El inconsciente “tiene” play-station, Internet, amigos, mensajes de texto…
Mario Waserman lo enuncia sin estridencias, como si fuera de suyo. Pero no es así –por eso levantamos un poco el tono. Para que se note-.
Es éste, efectivamente, un libro mucho más nuevo y de apertura de lo que se nota. A la inversa de lo que posa de nuevo como efecto de marketing, apelando a un vocabulario altisonante que sorprende a poco andar por su fondo eminentemente conservador.
Tampoco vociferamos ninguna “revolución”. Sencillamente, es un libro de cambio. El estudiante, el colega joven que a él apele, no estará expuesto a ningún alineamiento. Apenas a tratar de sostener una actitud de pensar, a arreglárselas “viviendo” en el vértice; el psicoanálisis no como corpus, sino lugar desde el cual interrogar e intentar hacer más plena nuestra existencia.
Ricardo Rodulfo
Los Cardales, 25 de abril, 2008
Notas
1. V. las reflexiones de Derrida a propósito de esta cuestión en el breve estudio que abre La discriminación (1978), Barcelona, Sidhasa.
2. Mario Waserman, Casa de gatos (1979), publicado por Stilcograf. Escrito en tiempos en que el autor frecuentaba toda clase de “gatos”, el principal y casi único efecto de su publicación fue el cierre de la editorial poco tiempo después.
3. V. mi reciente Futuro porvenir, en esta misma editorial. También El psicoanálisis de nuevo (2004), Buenos Aires, Eudeba.