¿Jardín maternal o
educación maternal?
Ecos de una experiencia de formación docente
Elisabeth Marotta, Silvia Rebagliati
y Carolina Sena (coords.)

Prólogo
Un prólogo tiene por objeto introducir o comentar algún aspecto relevante de una obra… Me gustaría, en este caso, plantear un prólogo a dos voces. La voz de la especialista en didáctica para el nivel inicial y la voz de la amiga de las autoras.
Un texto nos atrae en primer lugar por su paratexto. Todo lo que lo rodea –nombre y diagramación de la tapa y contratapa, índice, portada– nos da pistas sobre su contenido y nos anima a leerlo o dejarlo. En este caso, lo primero que saltó a mi vista fue el título y la pregunta sugerente que abre: ¿Jardín maternal o educación maternal? Una pregunta de este tipo rompe, de alguna manera, con el pensar sólo en términos de las instituciones que se ocupan del niño para situar la problemática en todos los niños menores de tres años y su derecho a recibir desde la cuna una educación pertinente y de calidad, asistan o no a una institución.
Para los que trabajamos en educación infantil, esta pregunta encierra otras más cotidianas sobre el jardín maternal y entrecruza miradas diferentes. Por ejemplo, podemos preguntarnos a quién responde el jardín maternal. Es decir, ¿es una oferta exclusiva para los niños cuyos padres trabajan o todos los niños pequeños deberían recibir algún tipo de oferta educativa? Frente a la ausencia de una necesidad de atención del niño, ¿cuán necesaria resulta la asistencia a un jardín maternal? ¿Qué significa educar desde la cuna? ¿Cuánto pueden las familias acompañar a los niños pequeños y atender sus necesidades educativas? Parafraseando con la asistencia al pediatra… ¿se requiere el acompañamiento experto en temas de educación integral de los más pequeños? Si esto es así, ¿cuáles son los aspectos que deberían atenderse? Hilando un poco más fino… ¿hasta dónde llega el derecho de los padres en orden a su desarrollo personal vs. el derecho de sus hijos a ser criados en un marco de seguridad e identidad particular? ¿Pueden las instituciones a cargo de los niños interferir / modificar / cambiar las pautas de crianza propias o establecidas por el hogar? ¿Cuáles son los marcos básicos que deberían resguardarse en la construcción de criterios educativos y de crianza para los niños entre aquellos que participan de su cuidado (padres, familia ampliada, educadores, médicos, asistentes sociales…)?
La respuesta a estas preguntas y otras de la misma índole sitúa la diferenciación entre “jardín maternal” y “educación maternal” en el eje de los derechos y crea una serie de problemas para la formación de los responsables de asumir esta tarea educativa. En este sentido, nos enfrenta al desafío de pensar cómo acercar, a los interesados en los niños pequeños, a mirar a la infancia y “las infancias” en un marco mucho más amplio que el que encierra una institución llamada jardín maternal, centro de crianza o guardería.
La atención de niños menores de tres años se configura como un escenario complejo en el que convergen diversos tipos de iniciativas. Políticas sociales, educativas, sanitarias…; todos los que de alguna manera se ocupan de la infancia tratan de dar respuesta a las necesidades básicas de los niños y sus familias. La construcción de una mirada integrativa constituye un verdadero problema teórico y de acción difícil de lograr. Supone la coordinación de perspectivas que suelen responder a buenos motivos, pero que deben saltar grandes obstáculos. En este punto, lo heterogéneo muchas veces “juega en contra” de la fortaleza de las diversas modalidades de atención en educación infantil y el derecho de los niños pareciera quedar subsumido al derecho de las familias de contar con instituciones de cuidado o guarda, en el que personas sin preparación asumen la tarea de contener al niño pequeño. Constatar esta realidad, de respuestas precarias a necesidades urgentes como es el surgimiento de emprendimientos gubernamentales o comunitarios para recibir a los niños, es un hecho constante en nuestro país y en nuestra región latinoamericana. Pareciera que de los niños menores de tres años puede ocuparse cualquier persona de buena voluntad o que el simple hecho de ser padre o haber transitado la infancia diera elementos para brindar a los niños aquello que necesitan en el tiempo de permanencia en las instituciones. Pareciera que lo importante es que “estén en algún lugar”, sin pensar demasiado en quiénes están a cargo de él, cuáles son las condiciones de atención… o creyendo que nutrición y salud son suficientes para mirar integralmente a un niño pequeño.
Llegada a este planteo, me gustaría detenerme en una experiencia vivida con alguna de las autoras en el transcurso del Postitulo de Jardín Maternal cuyas elaboraciones teóricas presenta este libro. Estábamos en el coloquio final. Fabiana Alejandra Calfuquir, una de las maestras que lo cursara, presentó una propuesta titulada: “Canción y cultura. ¿Qué se les canta a los niños en Ñorquinco?” En su localidad no existían jardines maternales donde desarrollar el plan de acción que se solicitaba para acreditar el estudio. Su propuesta fue muy sencilla: reunir una vez por semana en su escuela, a contraturno de su trabajo como maestra del jardín de infantes, a abuelos, padres, tíos…, personas que quedaban al cuidado de los más pequeños que aún no iban a la escuela y recopilar canciones, grabarlas…, darlas a conocer. En este diálogo con las familias construyó un repertorio rico y variado que rescata la cultura, los orígenes…, les da voz a sus protagonistas e instala en la escuela la posibilidad de preguntar, enriquecer, abrir nuevas instancias para el encuentro y el enriquecimiento de las cosas que son importantes en la crianza de los niños. Escuchar una canción de cuna mapuche cantada por una abuela nos hizo emocionar a todos los que participábamos de ese momento casi mágico. También nos llevó a pensar cuánto puede hacer, en la vida de una comunidad, un docente preparado. Aquí no era un jardín maternal… era verdadera educación maternal lo que se ponía en juego.
Retomo la obra. Los cuatro ejes que la componen proponen luces de diverso tipo sobre estas cuestiones. Así, en la primera parte, las miradas sobre las infancias que interpelan al jardín maternal, la complejidad y las posibilidades que ofrece, las preguntas sobre la necesidad de una crianza compartida entre las familias y el jardín…, abren al debate sobre un modo de pensar la educación que va más allá de las consideraciones didácticas a las que estamos acostumbrados. Me sumo a sus aportes y sigo pensando mientras recorro los capítulos…
Cuando observamos niños pequeños saltan a la vista dos hechos. A diferencia de otras especies, el niño nace en un estado de indefensión que requiere un cuidado particular. Al mismo tiempo, porta una notoria capacidad de desarrollo y aprendizaje que tiene su epicentro en los primeros años. Durante el período que llamamos de crianza, los niños no cesan de “aprender”. Como señala Silvia Rebagliati, “la infancia es algo más profundo que la simple edad cronológica…, son sujetos en crecimiento, sujetos que se están construyendo…” (páginas 24-25). Las autoras hablan de la contención que necesitan los niños pequeños, que supone pensar en términos de ofrecer estabilidad emocional y riqueza del medio ambiente, seguridad y afecto; diálogo y escucha (cfr. Karin Ritcher, “La experiencia sensible como génesis y anclaje de conocimiento”, pág. 121). Necesidades que son cubiertas en primer lugar por el hogar y que, ya sea por elección de la familia o por presiones de índole laboral o social, como es el caso de la pobreza, requieren la aparición de otros actores que apoyen estos procesos. Este es el marco desde el que resulta pensado el jardín maternal como institución educativa (cfr. Elisabeth Marotta, “La educación maternal hoy: complejidad y posibilidades”, pág. 35).
En el jardín maternal, tal como se aborda en la segunda parte de la obra, el niño se encuentra con un escenario que difiere en cuanto al contexto en el que se desarrollan las prácticas de crianza (el hogar por contraposición a instituciones de cuidado), la relación emocional que establece con el otro (pares, padres, familiares, otros adultos), la capacitación o formación recibida por los sujetos a cargo de su crianza, y la selección del contenido comunicado (destrezas, valores, conocimientos sociales que se aprenden y se enseñan por estar con otros). En estas nuevas formas de cuidado, diferentes del familiar, el niño crece y cambia como resultado de su interacción con otros pares y con educadores, capacitados en su cuidado.
El problema consiste ahora en cómo “pensar la enseñanza”. En palabras de las autoras, cómo definir el sentido de enseñar, la problemática del conocimiento, la definición de lo cotidiano con sus ritmos y su puesta en acto. Aparecen nuevas preguntas y propuestas, como el guión conjetural, una modalidad para planificar la enseñanza que recupera el pensamiento y el sentir del educador en su hacer y permite la reflexión sobre ese hacer (cf. Carolina Sena, “El guión conjetural. Una modalidad para planificar la enseñanza”, pág. 87).
El desplazamiento de la crianza y la posibilidad de pensar en una crianza compartida nos abre de nuevo a las preguntas, ahora de corte más didáctico, político y ético. Aparecen cuestionamientos sobre la implementación de políticas públicas respecto de la infancia en riesgo, las relaciones que se necesitan establecer entre los niños y los educadores; los modos de prever la tarea didáctica. Tal como se desarrollará a lo largo de la obra, se trata de poner de relieve la necesidad de pensar en orden a tareas compartidas, más que información sobre tareas o acciones individuales realizadas sobre los niños pequeños. Un supuesto que, sin confundir los papeles asignados a cada ámbito de atención, lleve a pensar en cada una de las partes y en las responsabilidades propias con relación a los niños.
En este marco, la tercera parte de la obra aborda el tratamiento de lo cotidiano: la rutinas, la creación de los espacios, los tipos de actividades…, aspectos en torno a pensar una didáctica para el jardín maternal que pone en consideración la identidad de la educación infantil en su conjunto con objetivos, contenidos y modalidades de enseñanza y aprendizaje específicos. Las experiencias y el estado de situación de la provincia de Río Negro son un aporte significativo a la hora de pensar en términos de prioridades y políticas.
Mirando al libro en su conjunto, podría afirmar que, aun desde la diversidad de los escritos y perspectivas, existe un nudo común: la preocupación por la calidad educativa para la primera infancia. La posibilidad de pensar no sólo en términos de institución sino de los niños y sus derechos. Una educación de calidad capaz adaptarse a las necesidades y características de los niños que pertenecen a distintos contextos sociales y culturales; que mire al “niño” más que hacia donde el niño va –en términos de expectativa futura– o desde dónde el niño viene –en términos de carencias familiares–. Una educación flexible y creativa en las opciones educativas que brinda. Una educación capaz de abrir el diálogo y buscar alternativas a favor del niño.
Saliendo de la mirada de especialista… El carácter y la expresión de un libro hablan de sus autores y con estos autores quiero entrar en diálogo desde la voz de la amiga. Y en esto, un primer gracias por permitirme serlo.
Cuando me preguntan por autores o profesores que se especializan en jardín maternal, la referencia recurrente es “el grupo de Bariloche”. Desde que las conocí en uno de los congresos de Investigación Educativa organizados por la Universidad de Comahue, hace ya 10 años, siempre fue un gusto cruzarnos en encuentros y jornadas… Un placer consultarlas, compartir bibliografía y, sobre todo, sostener largas conversaciones sobre la pasión compartida por la educación inicial, la formación docente y la definición de lo que merece ser enseñado a un niño pequeño. Por esta posibilidad de compartir el fruto de su trabajo en el Postitulo, les estoy profundamente reconocida. Es más lo que yo aprendí en estos años que lo que pude acompañarlas desde un asesoramiento externo. Gracias por haber abierto las puertas de sus casas, de sus discusiones y búsquedas. Gracias por cada encuentro, en donde me ofrecieron la posibilidad de aprender a mirar la realidad de los niños pequeños con otros ojos. Pero, sobre todo, gracias por este esfuerzo que valoriza al educador y a los niños.
En el texto se guarda, con especial cuidado, el estilo de cada uno de los autores. Al leerlo, junto con los propósitos explicitados en el título del capítulo, surgen cualidades y valores que cada uno de ellos porta y que nos permiten escuchar, parafraseando a Edith Litwin (2008), el oficio de ser maestros y de ser formadores de maestros. Cada idea que está vertida abre una caja de herramientas, una puerta para pensar en torno al jardín maternal. Su pasión por los niños y la formación docente, sus preocupaciones por la situación particular de los niños rionegrinos, el cuidado por brindar propuestas interesantes que faciliten la tarea del educador, son aspectos con los que el lector comienza a dialogar. Ya sea que esté o no de acuerdo con lo vertido.
En suma, el libro, sus autoras, nos proponen pensar las prácticas, clarificar los criterios desde los cuales se generan políticas referidas a la primera infancia, imaginar cómo podemos brindar apoyo a las familias en la elección de los lugares en los que dejar a sus niños el tiempo en que trabajan… Atender en suma “a los niños” es la preocupación de cada uno de los autores de este texto. A ella me sumo y con ellos sigo compartiendo el esfuerzo por construir una mejor alternativa para todos los niños.
Patricia Sarlé
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